lunes, 25 de mayo de 2015

Odio las placas

La dirección de tránsito de Bucaramanga recientemente publicó las cifras del parque automotor en Bucaramanga donde revela que al menos  165.365 vehículos circulan por las calles de la capital santandereana. Si a eso se le suman los 168.653 de Girón, los 135.198 de Floriblanca y los 9.664 de Piedecuesta, Bucaramanga y su área metropolitana se ubican en un puesto muy elevado entre las ciudades con más vehículos circulando. Y si sumáramos las motocicletas que de igual forma transitan por las calles de la ciudad encontraríamos un poco de sentido al caos que se ve a diario.

Pero por supuesto esto no se trata de cifras, se trata de odio, de odio profundo y empedernido a uno de los elementos más llamativos de los vehículos: las placas. Esa lata rectangular que en nuestros tiempos lleva invariablemente tres letras y tres números. Números que han hecho ganadores del chance a cientos de propietarios supersticiosos que encuentran bella la combinación numérica y se juegan parte del salario en la esperanza de recibir ganancia por capricho de la suerte del destino. Suerte que jugó en mi contra y que explicaría un poco el caos de mi vida.

Pero caótica es la belleza de tener que hacer arte con cenizas, tener que ser a la fuerza un Roman Týc que saquea la tumba de su propia alma para tratar de dar vida a un fénix que no revivió. Me he convertido en un "walker" más, uno que trasciende la pantalla y simula vivir entre muchos hipócritas iguales a él. Profunda miseria es aquella infinita desgracia de vivir sin alma, sin amor, sin razón.

Por eso razones sobran para odiar las placas, porque un escritor fallecido disfrazado de motorizado recorre las calles congestionadas de una pequeña ciudad por más de ocho horas al día. Una y otra vez con afán de llegar a ningún lado excepto al límite de energía para tratar de agotar la mente y dejar de pensar. Mas de ocho horas diarias y más de cuatrocientos mil vehículos le dan, el inevitable infortunio de encontrar la placa precisa, con dos números iguales y una letra, la letra inicial de uno de sus nombres. Razones de sobra para odiar las placas, porque odio la herida que se abre cada vez que estúpidamente creo que la letra coincide para que me piense, pero obligado a reconocer que simplemente no es así. Odio las placas, las placas con dos números iguales y una letra como la inicial de uno de tus nombres.